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–Tú debes conocer a alguien aquí, ¿no?
Pensé que me habían descubierto, pero igual traté de tomarlo con calma.
–Bueno, no exactamente, lo que pasa es que soy periodista y… –¡Y estás cubriendo todo lo que pasa acá! –dijo con la emoción de quien sueña con aparecer en una crónica, lo cual me devolvió la confianza. –Sí, luego lo publicaré. –¿En qué revista? –McOndo.es –la señora puso cara de desconcierto, por lo cual tuve que explicarle más–. Es cultural, sobre Latinoamérica y Barcelona, y como David es un gran conocedor de nuestra cultura, no podíamos dejar pasar esta oportunidad. –¡Oh! Yo soy la madre de una de las bailarinas, la acompaño en la gira, y no sabes cuánto agradezco estar ahora en Barcelona; me encanta (I love it). ¿Cuál es la parte del concierto que más te gustó? Yo no había visto el concierto, así que…
–¡Todo! De David Byrne me gusta todo. –¿Pero cuál parte del concierto? –De principio a fin fue espectacular. Cuando se acercó a nosotros una persona vestida de negro y sin zapatos, la señora nos presentó: –Mark, te presento a… ¿Cómo te llamas? ¿Francisco Estrada? Eso, mi amigo periodista de Barcelona –dijo ella. –¡Hola, Mark! Mucho gusto. Qué bien bailaste –le dije al verlo descalzo. –Yo toco teclados… –contestó él. En ese momento, sentí una luz blanca, una presencia. No soy nada perceptivo, pero hay gente que posee un aura muy fuerte, y Byrne sí que la tiene. No sé por qué él se quedó mirándome un instante, e intercambiamos un saludo a la distancia (“hi, hi”). Él estaba buscando una botella de vino para servirse una copa (y yo que pensaba que era abstemio).
El traje que él llevaba era ceñido en la cintura y holgado en los hombros. Se notaba que él se cuida bastante, porque estaba muy bien de cuerpo. Mi ocasional amiga neoyorquina empezó a hablarme otra vez, pero yo tenía mi cabeza en Byrne, en la oportunidad que perdí cuando él me saludó… hasta que subió unas escaleras y se quedó solo. Corrí hacia él. –Hola, David. Felicitaciones, estuvo muy bueno –le estreché la mano. –Gracias. –Soy peruano –el rostro de Byrne se iluminó… y es que hay veces en que ser peruano es un ‘plus’, qué se creen– y periodista. Y para poder estar acá, he mentido a todo el mundo.
Byrne soltó una carcajada. “¡Bingo!, me dará la entrevista”, pensé. Habrá creído que yo era un fan... o un groupie. –¿Te puedo entrevistar? –No, lo siento, ahora no…
Claro, Byrne había dado un concierto de dos horas y media, quería tomar su vino, tal vez coger alguna fresa, relajarse… –¿Y mañana? –Tampoco, porque quiero montar bicicleta todo el día en Barcelona –dijo cerrando los ojos e hinchando el pecho, suspirando, como si los edificios modernistas fueran apareciéndosele como una película en la cabeza.
–Bueno, lo siento, no quise molestarte… Pero… Ya pues, sólo una pregunta. –Pero solo una… –Ok. Jacques Attalí, en su libro Ruido. La economía política de la música, afirmó que, históricamente, está comprobado que todos los cambios que se viven en la música auguran reformas en los procesos de producción, lo que finalmente influye en la economía y luego en la sociedad. El último gran cambio en la música ha ocurrido en los noventa, cuando las disqueras tambalearon y el trueque (sin dinero) de música se hizo muy fuerte. ¿Crees que ese fenómeno auguró el actual momento de crisis económica? ¿Crees que se viene una reforma? No sé si me entendiste, mi inglés está enredado. –Sí te entiendo. Creo que lo que está pasando ahora con la música es esto –señala a su grupo de música, a los ‘special guest’ y al personal del Palau–. Un concierto es una reunión social. Aquí, la gente se encuentra y todos comparten una experiencia. Todo esto es muy diferente desde la aparición de Internet. De alguna forma, no es ‘en vez de’ ni mutuamente excluyente de la experiencia digital o de la Internet, pero creo que las presentaciones en vivo se han vuelto más importantes. Su respuesta no se relacionó exactamente con lo que pregunté, pero supongo que Byrne sí ha leído el libro, pues aludió a una parte de él, donde se explica que, ante la cada vez menor venta de discos, se han revalorado los conciertos como alternativa económica; de la experiencia en vivo, la oportunidad única de tener a una persona enfrente.
–David, una última pregunta… –ahí le cambió la cara a él, porque no cumplí el pacto de ‘solo una pregunta’, pero su educación le hizo seguir atendiéndome–. Cuando escucho tu música, es como si estuviera oyendo sonidos de todo el mundo… ¿Crees que, debido a las fusiones, llegará un momento en que no podamos decir música 'brasileña’, ‘peruana’ o ‘japonesa’ sino solo música?
–No, pienso que los estilos locales siempre se mantendrán, pues las esencias nunca se pierden.
Gente mucho más alta que Byrne y yo empezó a señalarnos y acercarse.
–Gracias, David.
Byrne se alejó y me vi rodeado de personas que me interrogaban… Era imposible escapar, así que me quedé respondiendo las preguntas hasta que me dejaron ir. Bajé las escaleras, salí del Palau, cogí la bicicleta y me fui a la Feria de Abril a celebrar la ‘entrevista’ con David Byrne, bailando sevillanas (y sin saberlas bailar; que así mola más). Esa noche, dormí bien. -FE
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