Por Francisco Estrada. Fotos: Adrián Portugal
Especialista en música peruana, colombiana… en fin, de todo el mundo. Intelectual de la música y uno de los innovadores más influyentes del rock… Actualmente está en una gira mundial y su paso por Barcelona para ofrecer un concierto era la gran oportunidad de entrevistarlo… Pero ello resultó demasiado difícil, aunque no tanto para nuestra 'ingenuidad'.
La leyenda dice que aquel caballero escocés paseó por los barracones del Callao, en el Perú, sin que le robaran. Para quienes no tienen ni idea de cómo es esta zona, basta decir que la avezada calle Robadors, del Raval, es Walt Disney World comparada con ésta. Y David Byrne, que se puso a hablar sobre música chicha en el diario más tradicional y pacato del país andino (en los años noventa, cuando este género aún daba asco a las clases más pudientes e 'intelectuales'), le cayó bien a todo el mundo.
Supongo que por ello la leyenda empezó a engordar y a pintarlo a Byrne como un tío muy macho (una virtud por aquellos lares), diciéndose que no solo paseó por los barracones sin ser asaltado, sino que tocó con músicos que se encontró en la calle y hasta comió cebiche de carretilla.
Yo no sé si todo eso fue cierto, pero lo que sí todos sabemos es que gracias a él la cantante afroperuana Susana Baca se volvió habitual en las portadas de diarios y revistas (y ya no relegada a las escondidas páginas culturales de la prensa), y que le produjo un disco a ella con el cual ganó un Grammy en 2002. Además, Byrne ha cantado con la ‘Reina de la Salsa’, la cubana Celia Cruz, y producido grupazos como Los Amigos Invisibles, de Venezuela, y Bloque, de Colombia, entre otros.
Yo había bailado temas de Byrne, cuando aún el pertenecía a los Talking Heads, en los bares ‘underground’ de Bogotá a inicios de los años noventa. Mi ignorancia, mucho mayor que ahora gracias a las bondades de la adolescencia, me hacía creer que era un grupo inglés postpunk, cuando en realidad era de Nueva York. En ese entonces, el hit nada ‘underground’ Burning Down The House me llamaba más la atención por la potente voz del músico escocés que por su exuberancia rítmica, que escondía para los oídos no entrenados toneladas de música del mundo y no sólo del hemisferio norte.
Me pregunto ahora por qué alguien con los pergaminos de Byrne, que ha influido tanto en la música y elaborado algunos de los discos más valiosos del siglo XX, no es colocado en el imaginario popular al nivel de un David Bowie o Lou Reed. Porque si bien tiene temas muy experimentales, también hay otros que combinan las estructuras de la música pop con innovaciones propias de alguien que gusta de beber de todas las fuentes y de las nuevas tecnologías. Con portadas en la revista Roling Stone y apariciones en MTV, ¿por qué Byrne no suele surgir en las conversaciones musicales que pretenden ser, pues, musicales?
Cuando repaso sus vídeos en Youtube desde fines de los años setenta hasta ahora, veo a un hombre de pelo negro corto, con camisa y pantalones hasta el ombligo… Ni una pizca de maquillaje ni de color artificial en sus cabellos, y así en todos sus vídeos hasta que, progresivamente, una capa plateada va avanzando en su cabeza hasta cubrirla totalmente y convertirse en sello de identidad. ¿Será, digo yo, aquella sobriedad lo que lo mantiene alejado de cultos desaforados hacia su persona? Si hasta parece abstemio y no fumador… Sin pasados oscuros y todas esas cosas que gustan tanto al vulgo del rock. ¿Qué será, qué será?
Persiguiéndolo.
Seguí todos los cauces tradicionales y uno que otro truquito periodístico aprendido en el oficio para que nos dejaran entrevistar a David Byrne. Pero las respuestas eran “ya te avisaremos” o simplemente negativas: “No”. Supuestamente, sólo dos medios locales pudieron conseguir la entrevista exclusiva con él. Nosotros apenas logramos acreditar a un fotógrafo para el concierto. Igual, la noche en que él presentaría en Barcelona su último disco con Brian Eno (habitual colega de Byrne… los cracks siempre se huelen, buscan y terminan juntos), Everything That Happens Will Happen Today, cogí mi grabadora digital y la guardé en el bolsillo de mis vaqueros.
Bajé desde Sagrada Familia hasta el Palau de la Música en bicicleta y me senté afuera en una calle para, no sé, escucharlo de lejos y con la vaga (muy vaga) esperanza de verlo aparecer, y de que me suba a su limusina para conversar con él… ¿Ya ven cómo me gusta flipar? Lamentablemente, unos niños punkis aporreaban tristemente la guitarra muy cerca de mí y tuve que huir de ahí, entrar en el Palau y sentarme en las escaleras, como quien mendiga al aire notas musicales que escapaban con nitidez cada vez que alguien iba al baño y abría la puerta de la sala de conciertos donde estaba tocando David Byrne. Los vigilantes me miraban sonriendo (espero que sin lástima).
Cuando acabó el concierto, empuñé mi grabadora como si fuera una daga, pero recién ahí caí en cuenta de que, otra vez, mi candidez me había jugado una mala pasada. ¿Por qué me iba a dar él una entrevista después de su concierto? ¿Por ser guapo? Bah… Solté la grabadora, agarré mi bicicleta y me dirigí a un restaurante del Gótico para encontrarme con unos amigos, antes de ir todos a la Feria de Abril. Pero otra vez, mi Mr. Hyde le insistía a mi Dr. Jekyll: “Todo es posible”. Así que les dije a mis amigos que mejor nos veríamos directamente en el Fórum, porque iba a entrevistar a David Byrne. Ellos se rieron, y yo regresé al Palau.
Al llegar ahí, vi una oportunidad muy tenue para entrar al backstage y me puse al lado de una chica, a quien sonreí para que todos nos creyeran amigos (felizmente ella también me sonrío…), pero no quiero entrar en más detalles para no perjudicar a nadie. El asunto es que, luego de atravesar varias puertas, aunque parezca increíble, terminé en el bufet privado que se ofrecía a David Byrne, sus músicos, bailarines y demás gentita linda de Cataluña. La escena era felliniana, dominada por una voluptuosa torre de cervezas, Fantas, vinos, embutidos, jamones y ¡oh! fresas que se erguían ante mí. Me coloqué al lado de las fresas, metiéndomelas una por una, chupándolas con lengua y labios hasta que una señora con acento neoyorquino se acercó. Mi boca y uñas habían quedado manchadas de rojo.